¿Estás hasta el moño de lo que te dice todo el mundo?

Mira, sé que a veces debes creer que eres egoísta.

Algunas personas te lo han dicho cuando no has hecho lo que ellos hubieran preferido que hicieras.

A mí me lo decía mi madre cuando no quería ir a ver a mi abuela, o cuando volvía a casa más tarde de lo que se suponía y le hacía sufrir con mi retraso, o cuando me compré una moto y el drama nos acechaba cada vez que le daba al starter. A veces me lo dice Arieh cuando pongo por delante mi trabajo y me olvido de hacer las tareas de la casa. A veces me lo ha dicho algún amigo cuando llevo mucho tiempo sin llamarle o sin preguntarle cómo está de sus cosas.

Pero yo no soy una persona egoísta y estoy segura de que tú tampoco.

Y aunque lo fuéramos, ¿qué? Si por egoísmo entendemos hacer lo que te dice tu corazón, marcarte tus prioridades y establecer tus normas y tus espacios, ojalá fuéramos todos más egoístas, porque en ese egoísmo empezaría a brotar nuestra felicidad. Poco a poco, tímidamente al principio y cogiendo más espacio después.

El problema con la infelicidad es que crece en la generosidad mal entendida. Cuando agachas la cabeza y haces lo que esperan de ti y eres buena y amable y das tu tiempo sin exigir a cambio y estás siempre ahí para lo que los demás necesitan y eres tan importante para todo el mundo. Es ahí donde la estás cultivando y te mata poco a poco. Porque en ese espacio estás ayudando (quizás) a los demás, pero no a ti misma.

Ellos bien, contentos, o igual de poco contentos, pero tú mal, infeliz, insatisfecha, sin tiempo para nada.

¿Sabes qué pasa cuando te ocupas de ti misma, cuando te pones a ti por delante, cuando la prioridad en tu vida eres tú? Que creces. ¿Y sabes qué les pasa a los que tienes cerca cuando tú creces? Que crecen contigo.

Y crecen sin que tengas que hacer esfuerzos por ellos. Crecen por imitación, por contagio, porque el simple hecho de ocuparte de ti te convierte en alguien pleno y feliz y las personas que están alrededor de alguien pleno y feliz tienen muchas más posibilidades de convertirse en alguien pleno y feliz.

Yo te propongo que te dediques esta primavera a ti misma. A encontrarte. A descubrir qué quieres. A encontrar tus porqués, tu misión vital, a que desentierres tus talentos y los recoloques y los agites y veas qué sale. A que te atrevas a pensar en ti, en tu futuro laboral, en la tarea profesional a la que quieres dedicar tu vida a partir de ahora, a que encuentres tu propia fórmula para emprender.

 

Sé egoísta. Piensa en ti, piensa por ti. Dedícate un tiempo. Entiéndete.
Cuando encuentres tu sitio en el mundo, cuando te ocupes de ti primero, de estar donde tienes que estar, verás qué pasa. Lo fliparás. Y los demás tendrán que callarse ya de una vez.
Que de verdad, qué pesados.
Y es que, esta es la otra, ¿sabes cuántas veces he escuchado, desde que hace unos años empecé a decir a mi alrededor que quería emprender y hacer algo por mi cuenta, que mejor me quedase como estaba? Que no fuera tonta, que no me arriesgara, que era difícil, que si sabía lo que me hacía, que si ya estaba segura, que si lo había mirado bien, que si tal y como estaba todo, que si iba a tener que volver a buscar un trabajo “normal”, que si…

Infinitas.

¿Sabes cuántas veces he explicado lo que hago o lo que hacía en mis empresas anteriores y he recibido a cambio una mirada de superioridad, incredulidad, compasión o directamente esa cara de “no entiendo de qué me hablas, cómo vas a ganar dinero así”?

A mogollón. Sonrisitas con sorna incluidas. Solo les faltaba darme dos palmaditas en la espalda para acabar de demostrarme lo imbécil que les parecía. Lo “pobrecilla”.

¿Sabes cuántas veces tuve que comerme la vergüenza y casi las lágrimas interiores al explicarle a alguien que estaba en un periodo de transición, que estaba buscando qué quería hacer con mi vida, que estaba tratando de encontrar mi camino, que todavía no tenía una profesión muy determinada?

Miles.
Pero, ¿sabes qué? Yo sabía que mi determinación era más fuerte que sus palabras (las dichas y las que iban en el subtexto de sus actos), que mi ánimo era más potente que el mensaje de sus miradas, y que mi confianza en mí misma y en lo que sabía que iba a lograr —aunque aún no supiera ni lo que era ni cuándo lo conseguiría ni cómo— apartaba la vergüenza como el Fairy aparta la grasa.

 

Mira, para otras cosas no soy tan decidida, pero tuve confianza en mí misma. Siempre la tuve. Y me enorgullezco de ello.

 

Porque lo hice. Tardé 5 años, pero lo hice. Y algunos de esos que antes me miraban raro y me advertían de los peligros ahora me preguntan que cómo lo he hecho, me dicen que qué suerte he tenido, que qué bien me lo he montado, que cómo se hace para hacer lo que yo hago y vivir como yo vivo.

Y yo no soy una persona vengativa, ni que alimente o guarde emociones negativas, en absoluto. Siempre se me olvida todo muy rápido. Pero de verdad, que les parta un rayo. Con cariño, pero que les parta.

Porque a pesar de ellos lo hice, y gracias a mí lo hice.

Te mando un abrazo enorme,

Deborah Marín

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